viernes, 20 de marzo de 2015

Pincelada: Batalla campal en Frankfurt




Una vez más se puso ayer de manifiesto en Frankfurt cómo un grupo relativamente pequeño de activistas antisistema era capaz de reventar una manifestación pacífica. El motivo fue la inauguración de la nueva sede del BCE en la ciudad a orillas del Meno.
 
La protesta, convocada por el grupo anticapitalista Blockupy, tenía como principal objetivo mostrar su disconformidad con las políticas de austeridad dictadas por el FMI, que contrastan con los altos costes del lujoso macro edificio que, en tiempos de crisis,  ha costado 1.300 millones de euros frente a los 500 presupuestados.
 
Para los que no lo sepan, Blockupy es una alianza de varios grupos de izquierda que desde 2012 protesta en Fráncfort contra la austeridad en Europa y contra la "troika" formada por el BCE, el FMI y la Comisión Europea. Este movimiento agrupa más de 90 organizaciones de toda Europa (sindicatos alternativos, grupos antifascistas y estudiantiles y el partido alemán La Izquierda, heredero del antiguo partido comunista alemán, SED).
 
Dentro, el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, reconoció en su discurso inauguracional que el BCE se había convertido en “el centro de las críticas de quienes están frustrados por la situación” en Europa, pero consideró “injustos” esos reproches. Su acción tiene “tiene precisamente como objetivo aliviar” la situación, añadió. Draghi criticó que haya otros “como los partidos populistas” emergentes en Europa y abogan por renacionalizar sus economías y recuperar la soberanía económica. En su opinión, ni los primeros ni los segundos ofrecen una “solución real”.
 
Los 15.000 manifestantes anticapitalismo, llegados de todas partes de Europa y entre los que se encontraban representantes de Syriza y Podemos, se dieron cita ante las dos torres gemelas del BCE.  El ambiente era bueno y los participantes se conducían de forma disciplinada. A pesar de la altísima presencia policial para proteger el barrio financiero de la ciudad, nada parecía indicar que la concentración iba a degenerar en batalla campal.
 
Pero, de repente, como apariciones salidas de la nada, llegaron ellos, “los caóticos antisistema”, como se les suele denominar en la prensa alemana. Al principio eran tan sólo medio centenar de personas vestidas de negro, con capuchas, pasamontañas o caretas -para evitar su identificación- y, tras su llegada, se armó la marimorena.
 
A partir de ese momento, todo cambió. Los “encapuchados vestidos de negro”, que habían ido aumentando de número y eran casi un centenar, se dedicaron a lanzar piedras contra la policía que, sin hacer distingos entre buenos y malos, se defendió cargando contra los manifestantes con gas lacrimógeno, gas pimienta y cañones de agua. Los "caóticos”, a su vez, levantaron barricadas y bloquearon varias calles con contenedores de basura y neumáticos, que incendiaron. Y, por si eso fuera poco, también prendieron fuego con gasolina a diversos automóviles aparcados en las calles colindantes.
 
Los enfrentamientos se saldaron con 350 detenidos (de los cuales 16 fueron definitivamente arrestados), 35 heridos (14 policías y 21 activistas), un sinfín de personas con irritación ocular debido al gas pimienta; siete coches de policías y un número desconocido de automóviles privados carbonizados, así como innumerables escaparates rotos.
 
Y ahora, que alguien me aclare una duda: ¿cómo que no es posible por parte de la policía, con todos los medios que tiene a su disposición, tomar a priori las medidas pertinentes para poner coto a los desmanes de esos grupos anarco-violentos, “revienta manifestaciones” profesionales, antes de que puedan llegar a perpetrar ese tipo de actos vandálicos? En este caso, el dispositivo policial desplegado, las tácticas utilizadas (por ejemplo, la medida preventiva de rodear la zona con barricadas y alambrada para evitar cierto tipo de incidentes), pueden ser consideradas como insuficientes y anticuadas ante las cada vez más agresivas tácticas de estas minorías radicales y sus nuevas técnicas de guerrilla urbana.
 
Margarita Rey

 
 
 
 

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