sábado, 8 de diciembre de 2018

TEMA DE HOY: Suspiro de alivio






Todos aquellos que, como yo, nos temíamos un giro hacia la derecha de la Unión Demócrata Cristiana alemana (CDU) lanzamos un suspiro de alivio al enterarnos de la elección de Annegret Kramp-Karrenbauer (55 años) como nueva presidenta del partido. En una reñida competición, que dejó por el camino al tercer candidato, el ministro de Sanidad Jens Spahn,  Kramp-Karrenbauer consiguió en la segunda ronda 51,7 % de votos. Su contrincante, Friedrich Merz (63 años), se quedó muy cerquita de la ganadora con en el 48,25 %.
 
Mientras que Merz en su discurso defendió la necesidad de recuperar el electorado que había abandonado a la CDU/CSU en los últimos comicios regionales (Baviera y Hesse) para irse a los ultraderechista de AfD (Alternativa para Alemania) gracias a un programa mucho más conservador, Kramp-Karrenbauer (más conocida como AKK debido a su largo e impronunciable nombre) puso de manifiesto que con ella la CDU seguiría el curso centrista que la Unión ha venido manteniendo a lo largo de su historia y que ella calificó como las tres raíces del partido: la conservadora, la socialcristiana y la liberal. De ello se deduce que habrá pues continuidad en el partido hasta ahora liderado por “die Mutti der Nation” (la mamá de la Nación), apodo con el que se conoce a la señora Merkel entre la población alemana.
 
Pero ¿quiénes son los dos candidatos que se enfrentaron ayer en votación secreta en el Congreso de la CDU? Empecemos por Merz.
 
El abogado y ex juez Friedrich Merz, comenzó su carrera política dentro de la CDU en 1989 como parlamentario europeo electo. Después, del 2000 al 2002 fue portavoz de la CDU/CSU (por entonces, en la oposición) en el Congreso, cargo que le fue arrebatado por Angela Merkel que contaba con el gran apoyo de su mentor, el canciller Helmut Kohl. Merz tuvo que conformarse con el cargo de portavoz adjunto hasta que, en 2004, harto de las confrontaciones con Angela Merkel, dimitió. En 2009 se retiró de la política activa para dedicarse enteramente a la empresa privada, donde ha venido ocupando puestos de responsabilidad en  renombrados bufetes de abogados, así como en diversos, muy importantes, grupos empresariales. Desde 2016 es Presidente del Consejo de Dirección y lobbista de la sucursal en Alemania de la primera gestora de fondos mundial, la estadounidense BlackRock Inc., que mueve 5,3 billones de euros en todo el mundo, casi tanto como el PIB de Alemania y Francia juntos. En 2014, Merz inició un tímido regreso a la política como representante de la CDU de Renania del Norte/Westfalia en la “Comisión Brexit”, que -con el apoyo del Presidente del Bundestag (Parlamento alemán) y ex Ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble- le ha servido de trampolín para presentar su candidatura a la presidencia del Partido Cristiano Demócrata.
 
El entretanto millonario Friedrich Merz pertenece al ala más conservadora y favorable a la Industria de la CDU, que aboga por las privatizaciones y los recortes sociales. Está a favor del retorno a la energía nuclear y votó en contra de la penalización de la  “violación conyugal ”.  Además, mantiene que la Educación debería dejar de ser gratuita. Extrañamente, no está en contra del matrimonio homosexual. Por supuesto, es partidario de mantener la Ley y el Orden, aunque ello significase restringir en determinadas ocasiones algunas libertades ciudadanas, y no le gusta nada la política de la todavía Canciller Merkel en materia de inmigración y refugiados. Sin embargo, está totalmente en contra de los eslóganes del partido AfD (Alternativa para Alemania), a quien califica de populista y nazi. En su ponencia, Merz ha salido en defensa de la CDU como el último "gran partido democristiano" de la Unión Europea.
 
En cuanto a Annegret Kramp-Kampenbauer, la sucesora de Merkel en la presidencia del partido era una casi desconocida líder local hasta que, a propuesta de Merkel, consiguió el pasado febrero, en un congreso extraordinario, auparse hasta la Secretaría General de la CDU. Perteneciente al ala centrista y más social del partido,  AKK está considerada como la candidata de Angela Merkel. Su carrera se ha desarrollado en el Sarre, (en alemán: Saarland), uno de los “Länder” más pequeños de Alemania, (2600 km2 y tan sólo 1 millón de habitantes). Si les interesa, pueden leer su biografía siguiendo el enlace.
 
Annegret, a la que muchos en el partido llaman “la mini-Merkel”, en su discurso solicitando el voto de los delegados, pidió "coraje" para asumir los desafíos a los que se enfrenta el partido. Después de catorce años de era Merkel, la coalición cristiano-demócrata no lo tiene nada fácil. Tras su caída en picado en el favor de los votantes tradicionales, AKK es consciente de que hay que renovar el programa del partido si se quiere impedir que la ultraderechista Alternativa para Alemania se haga con una gran parte del pastel electoral. Para ella, “la fortaleza de la CDU es de gran relevancia para Alemania y para el conjunto de Europa”.
 
Annegret Kramp-Kampenbauer  no lo tiene nada fácil. Ante sí, la ardua tarea de manejar bien el partido  y de desarrollar junto a Merkel estrategias para que ésta pueda llevar a buen término su mandato como canciller, previsiblemente en 2021, como garantía de sus propias posibilidades para convertirse ella también en la segunda mujer que dirige los destinos de la República Federal de Alemania. Todo esto sólo será posible si se consigue volver a atraer el voto de los ciudadanos desencantados de la CDU que fueron fascinados por los cantos de sirena de la ultraderecha alemana, nazi, populista y xenófoba.
 
De momento, el centrismo de la CDU está garantizado, que no es poco…
 
Margarita Rey
 
 
 

RECUERDOS DE MI MANUEL: Europa y la sociedad multicultural






Escrito por mi difunto esposo en abril de 1997,  este artículo (como tantos otros suyos) se puede calificar de premonitorio.

 
EUROPA Y LA SOCIEDAD MULTICULTURAL

"Multicultural" o, dicho en cheli alemán "multikulti", es un término que en los últimos tiempos se ha puesto de moda en Alemania. La radio de Berlín SFB transmite desde hace un par de años un programa de 24 horas titulado "Radio Multikulti" y elaborado por un equipo de redactores de los más diferentes países, desde el Africa subsahariana hasta Brasil. El programa, presentado en alemán con los más diversos acentos foráneos pretende acostumbrar a la sociedad alemana a la realidad de la presencia en el país de más de siete millones de extranjeros, la inmensa mayoría procedentes de países ajenos a la Unión Europea. La poderosa emisora alemana WDR (Radio Colonia) quiere también subirse al carro multicultural y aunque para ello sea preciso eliminar los programas en lengua materna que las emisoras públicas alemanas (ARD) transmiten desde hace 33 años diariamente para los ciudadanos de la Unión Europea residentes en Alemania: italianos, griegos y españoles. Para los responsables de la WDR y de otras emisoras de la ARD son más importantes al parecer los musulmanes que los cristianos, los no europeos que los europeos. Es el celo alemán para evitar la acusación de racista.
 
"Multikulti" es la invención más reciente de intelectuales de izquierda alemanes y de los llamados políticos progresistas que creen que un problema se soluciona sólo con darle un nombre con gancho. El problema es que en nuestros días millones de personas del tercer mundo ven a Europa Occidental y muy especialmente a Alemania como tierrra de promisión. En su mayoría como refugiados o peticionarios de asilo acuden a nosotros cada vez más personas de los más diversos países no europeos, con lo cual poco a poco se agota el límite de nuestra capacidad de absorción social, económica y, no en último lugar, cultural.
 
"Multikulti": la palabra sugiere algo abigarrado, alegre, gracioso como tutti frutti. Multikulti parece haberse convertido para políticos de la escena rojiverde y los intelectuales que les suministran las ideas y las exponen en los medios de comunicación, en la fórmula mágica para dominar este fenómeno de masas que irrumpe sobre Europa Occidental.

Soy muy pocos, poquísimos ya, los alemanes que sienten miedo de los antiguos "Gastarbeiter" (trabajadores invitados, un eufemismo para "emigrantes") que llegaron del sur de Europa. Al contrario. Transcurridos  más de  35  años, los italianos, los griegos, los españoles y los portugueses, y sus hijos nacidos y educados en este país, se han convertido, en la mayoría de los casos, en estimados conciudadanos. Después de tres décadas de convivencia es ahora más lo que une que lo que separa. Muchos de los antiguos "Gastarbeiter" son ahora ciudadanos de la Unión Europea que están integrados en igualdad de derechos desde el punto de vista jurídico, político y laboral, en virtud de convenios que obligan a todos los miembros de la Unión. Cierto: a nivel cultural o lingüístico aún queda camino que recorrer para hacer realidad la idea de una Europa común. Todavía es preciso derribar prejuicios aún existentes, aceptar las peculiaridades de los conciudadanos y acentuar lo común que nos une. En la Unión Europea son fuertes los impulsos en esta dirección: programas de intercambio cultural para los jóvenes, fomento del aprendizaje de la segunda y tercera lengua entre alumnos y estudiantes, iniciativas de la Unión para el acercamiento entre las ciudades y las regiones europeas y para intensificar el turismo cultural intereuropeo. Paralelamente, incremento del intercambio de programas radiofónicos y de televisión. Todo ello pertenece a las medidas prioritarias de la Unión para crear una conciencia común europea. Pero el trabajo principal para construir nuestra "casa común europea" hemos de ha-cerlo nosotros mismos. En primera línea hemos de ser conscientes de nuestras raíces históricas comunes y hemos de creer en la necesidad de un futuro común de Europa.

Sin embargo, apenas hemos comenzado a edificar nuestra "casa común europea", nuestro trabajo se nos complica cada vez más. Los grandes desniveles económicos y políticos entre los pueblos pobres y superpoblados del tercer mundo y las naciones industrializadas ponen en marcha en los umbrales del año 2.000 movimientos migratorios hacia la "prosperidad". Estas migraciones, que aún parecen  un goteo,  pero un goteo cada vez más intenso, podrán cambiar en los próximos cincuenta a cien años las estructuras políticas, sociales y económicas de los continentes más desarrollados del mundo, como Norteamérica y Europa. La respuesta que está dando Europa a este fenómeno es el desconcierto. Este desconcierto se pone de manifiesto en políticas contradictorias de inmigración. Los Estados europeos no consiguen ponerse de acuerdo sobre una política común de extranjería, que cree una situación jurídica clara respecto a los inmigrantes ilegales y a los pseudo-peticionarios de asilo, con lo cual se evitarían también muchas rigurosidades e incluso situaciones inhumanas.
 
Frente a esto se hallan los utopistas que parecen creer que Europa puede acoger a todos los pobres del mundo sin que se hunda bajo tal peso todo nuestro sistema socioeconómico. Califican de "eurochauvinista" a todo el que advierte con justificada preocupación de una inmigración masiva procedente del tercer mundo. Contra las advertencias de los sensatos los utopistas arrojan la cándida exigencia de que se supriman las leyes de inmigración además de las fronteras, como pudo escucharse al márgen de la última conferencia euromediterránea en Barcelona.
 
Por supuesto, Europa no debe convertirse en una fortaleza, pero tampoco puede ser "tierra de nadie". Entre los utopistas se hallan también los más comprometidos partidarios de lo multicultural, que, bien visto, equivale a una capitulación ante lo foráneo y a la confesión de la incapacidad de integrar a los extraños en la cultura y tradiciones europeas. Integración realmente dificil cuando se trata de personas pertenecientes al mundo islámico.

Como todos sabemos, Europa es el resultado de siglos de interrelación y superposición de diversas civilizaciones, que en el crisol del tiempo se han convertido en lo que hoy llamamos cultura europea, diferenciada en variantes nacionales y regionales. ¿Es esto multiculturalidad? No. Esto es pluralismo cultural o interculturalidad, que no es lo mismo, pues el pluralismo cultural suponía y supone un punto común de referencia. Ahora que han conseguido instalarse en Europa Occidental millones de personas de los más distintos orígenes, de diferentes lenguas y culturas, no existe otra alternativa que su integración en la sociedad de acogida. La integración lingüística y cultural en el país de acogida ha de ser tan natural como el cultivo de la lengua y cultura de origen. Dentro del pluralismo cultural debe figurar la biculturalídad de cada minoría étnica residente en un país europeo, con un intercambio constante, que emiquezca a ambas partes, entre la cultura de origen y la cultura del país de acogida.
 
Por el contrario, el "concepto multicultural" relativiza el punto común nacional de referencia. Por una parte se quiere dejar vivir en su contexto a cada cultura, por otro lado se mete a todas las culturas foráneas en el mismo tarro para presentárselas a la población nacional como un cóctel exótico. Los partidarios de lo ,,multiculti" pretenden eliminar prejuicios xenófobos. Quieren derribar barreras culturales. Pero en vez de ello están creando una nueva Torre de Babel. Además, en el caso de Alemania, por huir de la sospecha de "racismo" se incluye absurdamente bajo la misma etiqueta de extranjero, por ejemplo, a un ugandés, un turco, un libanés, un inglés, un español, un francés o un italiano, sin diferencias de realidades históricas, religiosas y culturales.
 
En Alemania, como en los demás países de Europa occidental, surge la justificada pregunta de si la sociedad de acogida, es decir, la mayoría social, ha de adaptarse unilateralmente a una promiscuidad lingüística, cultural y étnica en su seno. Cabe temer que el concepto multicultural, que quiere fomentar la tolerancia consiga más bien lo contrario: un aumento de las tendencias xenófobas en la sociedad o, como mínimo, el fastidio ante todo lo extranjero, al tiempo que agudice las rivalidades, tensiones y choques entre las minorías étnicas que viven en el país de acogida y el odio de éstas a los nacionales. Esto ya está ocurriendo en Alemania, según informaba recientemente el semanario "Der Spiegel" y puede verse en reportajes de la televisión pública alemana.
 
Manuel Moral († 24.04.2017)
 
 

PENSAMIENTO








“Tolerancia es no usar tu fuerza física o mental
contra quien se cree superior a ti”.

M.M.
 
 

 

jueves, 15 de noviembre de 2018

RECUERDOS DE MI MANUEL: La matanza






El 11 de noviembre, por San Martín, las calles de La Roda se llenaban de gruñidos y chillidos de cerdos. Había llegado el tiempo de las matanzas. A todo cerdo le llega su San Martín. El marrano come para su muerte. Mimado, exento de trabajar todo el año, el cerdo se va cebando con su propia gula, acumulando grasas y jamones. En aquellos tiempos, cuando yo era niño, el cerdo vivía mejor que hoy que es alimentado artificialmente en granjas asépticas. El cerdo vivía en su pocilga y comía de todo. Lo que más le gustaba y mejor sabor daba a sus carnes eran las cáscaras de melón o de patatas. También comía hozando y gruñendo de placer unos amasijos de avena con todas las sobras de la comida.
 
Para nosotros, los chiquillos, el día de la matanza era una gran fiesta. Sacaban al gorrino que chillaba como un demonio - quizás el animalito presentía lo que le esperaba - atado del cuello por una soga y agarrado por la boca con un gancho y tiraban de la bestezuela hasta una mesa colocada en mitad de la calle. Entre cuatro fornidos hombres aupaban al animal a la mesa, sobre la que era tumbado de costado y fuertemente sujetado. De nada servían los chillidos, impotente protesta de la criatura ante su inminente sacrificio. El matachín le frotaba con la manga de su blusón enérgicamente el cuello hasta que enrojecía el lugar de la aorta y allí de una certera puñalada le clavaba hasta el puño el largo y afilado cuchillo. El grito del puerco era ensordecedor como el asombro de la muerte. Poco a poco los gritos se iban convirtiendo en gruñidos cada vez más flojos, casi en sumisas quejas ante un destino inevitable, como si el cerdo pidiese perdón por su muerte y perdonase a su vez a sus verdugos. Una mansa dulzura se apoderaba de aquel tosco cuerpo que entregaba su sangre en un chorro que iba a caer a un lebrillo en manos de una mujer que removía constantemente la sangre para que no cuajara. Lo que era al principio un surtidor se iba haciendo un hilillo hasta cesar por completo. Un leve estremecimiento recorría el cuerpo de la víctima que con un inaudible suspiro entregaba su alma porcina a Dios. Yo, aunque era un niño, intuía en aquel momento que el universo había dejado de existir en una parcela de vida. Entonces se procedía a churrascar el cadáver del cerdo con unos tejos calientes. Rapado el animal, se le lavaba y   se pasaba a la operación más apasionante para nosotros los chiquillos: el descuartizamiento. Se le abría en canal e iban saliendo las entrañas calientes que en el aire fría exhalaban vapor. El matachín sacaba de la barriga del cerdo algo que nos arrojaba a los chiquillos que disputábamos por cogerlo: la vejiga del cerdo. Convenientemente lavada, la inflábamos como un globo y   nos servía de juguete. Se podía jugar con ella a la pelota. También nos servía para atizar con ella vejigazos en la cabeza a los demás chiquillos. Hacía mucho ruido, pero no hacía daño. Si dejábamos escapar el aire a presión, lentamente, soltaba pedos. Por eso llamábamos también a la vejiga del cerdo “la pedorra”.
 
Era un gran honor y un gran acontecimiento ser invitado a una matanza. En la gran cocina hervían grandes cacerolas de agua colocadas sobre trébedes. Las mujeres iban metiendo en orzas los embutidos, salchichas y morcillas. Nos daban a beber un sabroso caldo del morro o del rabo del cerdo, también comíamos “ajo de mataero”, y con la punta de la navaja íbamos pinchando trocitos de sangre frita. Aunque éramos pequeños, ese día nos dejaban dar algún tiento que otro al porrón del vino, ese vino manchego que en el porrón parece agua, pero que a los pocos tragos se sube a la cabeza y puede dar con tus huesos en el suelo, si no estás acostumbrado a beberlo. También había dulces: los mantecados de La Mancha, que se deshacían en la boca con sorbos de anís. Cuando salíamos a la calle no notábamos el frío siberiano de la llanura manchega y las estrellas parecían jugar al corro sobre nuestras cabezas.

Como en una sola calle había varias matanzas, aquel día no comíamos en casa. Recuerdo más de un cólico y  más de una infantil melopea. Pero que nos quitasen lo bailado. En aquellos días de penuria de la posguerra, cuando nos caía algo de comer nos hartábamos. Pensábamos que un día es un día.
Manuel Moral
 
 
 


PINCELADA: Albacete Concejo Abierto




Hoy hace exactamente una semana que un grupo de unos 16 amigos de Facebook, todos nosotros de ideas avanzadas, nos reunimos en el recoleto Café del Sur de Albacete. La idea de esa tertulia surgió del ex alcalde de Albacete Manuel Pérez Castell, de José Julio del Olmo y de Antonio Navarro. El motivo:  elaborar propuestas con el objetivo de convertir poco a poco a Albacete en una ciudad más bella y más habitable. Los tres iniciadores venían de casa con los deberes bien hechos, incluso con un estilizado logo en la cartera, especialmente creado para la ocasión por una de las asistentes, la conocida diseñadora gráfica albacetense Ana Navarro. Lo primero que me impactó en él fueron las palabras “Arte”, “Ética” y “Estética”. De color verde sobre fondo blanco, el dibujo tiene una gran similitud con la balanza de la Justicia, símbolo de equilibrio y prudencia. Una buena idea de Ana para llamar al instante la atención del contemplador.
 
Una vez hechas las presentaciones y ya metidos en faena, uno tras uno expresamos de forma abierta y sin cortapisas nuestra opinión. Nada que ver con esas mesas redondas de la tele en las que los participantes gritan, se interrumpen los unos a los otros y no prestan atención a los argumentos de los demás. Claro que nosotros, al contrario de los tertulianos de profesión, somos personas educadas y que saben escuchar. Y es que pronto nos dimos cuenta de que la idea fundamental era la de poner en pie un proyecto común: el de “agorizar” las calles, plazas y jardines de Albacete, muy abandonados en estos últimos años, para el disfrute de vecinos y visitantes de la ciudad. Digo “agorizar” porque todos sabemos que el “ágora” de la antigua Grecia era el lugar donde la gente se agrupaba para hablar o simplemente ir de un lado a otro para poder contemplar los espectáculos que se ofrecían, ya que allí tenían lugar muchas actividades al mismo tiempo.
 
En Albacete no son plazas ni jardines lo que faltan. Sin embargo, la mayoría de ellos están bastante dejados de la mano de Dios, a menudo descuidados y con el mobiliario urbano sucio debido a la plaga de palomas. En vez de ser lugares de ocio para todos, suelen ser tan sólo frecuentados por abuelos o por perros, cuyos dueños sacan regularmente a pasear para que hagan allí sus necesidades. Precisamente, algo que me choca cuando atravieso el cercano Parque Abelardo Sánchez es la falta de actividades lúdicas para la ciudadanía. Una auténtica pena teniendo en cuenta las posibilidades que tiene ese hermoso espacio abierto que, con un poco de buena voluntad por parte de los responsables, se podría convertir por muy poco dinero en un magnífico foro cultural y recreativo para todos los vecinos de nuestra ciudad.
 
 Parques y plazas están ahí para ser vividos y ser parte, estén donde estén, del alma de la ciudad. Eso sólo se consigue si se les insufla vida por medio de pequeñas actividades que no se reduzcan -como la “gerontogimnasia” o los conciertos en el templete- a un par de meses en el verano. ¿Qué tal organizar exposiciones al aire libre o permitir que algunas jóvenes promesas musicales, ávidas de demostrar al público su valía, puedan actuar libremente en esos lugares para que los viandantes se paren a ver o escuchar y no pasen simplemente de largo?
 
Pero lo más bonito de este proyecto, todavía en estado embrionario, es que está pensado para que todos los albaceteños puedan participar con ideas y sugerencias, por encima de razas, creencias religiosas o tendencias políticas, en este caso totalmente fuera de lugar, ya que se trata de construir un proyecto de ciudad común, en el que todas las personas tengan voz, y trasladar estas propuestas a nuestro Ayuntamiento para que las ponga en práctica. Nuestro deseo es conseguir que Albacete se convierta en una ciudad más amable e inteligente, con espacios peatonales y zonas verdes en los que se celebren regularmente actividades de índole cultural (o simplemente recreativas) que sirvan para fomentar las relaciones personales entre los participantes, ya sean vecinos o no de esta ciudad.
 
 Según se desprende de las positivas reacciones que ha tenido el pequeño resumen del acto y el logo de “Albacete Concejo Abierto” que colgó Manuel Pérez Castell en su muro de Facebook, esta iniciativa parece que goza de muy buena salud. Mi imaginación se desboca y cede el paso a aladas fantasías: ante mis ojos tengo a nuestro modesto templete convertido en un “rincón del orador” como el de Hyde Park en Londres, donde los domingos por la mañana se reúne la gente para expresar su opinión sobre cualquier tema, siempre que no vaya contra la Ley. Pero, como no es bueno empezar la casa por el tejado, de momento lo más inmediato va a ser la creación de un grupo en Facebook, al cual todos los albaceteños están invitados a unirse. Después, ya veremos. Como decía mi madre: “Pasito a pasito todo se andará”.
Margarita Rey
 
 
 

CIENCIA: El Chocolate






UN NUEVO ESTUDIO REPLANTEA LOS ORÍGENES DEL CHOCOLATE

La pasión el chocolate pudo empezar mucho antes de lo que se creía. Un nuevo estudio publicado en la revista Nature Ecology & Evolution apunta que el cacao, la planta de la cual proviene el chocolate, fue domesticado para su consumo unos 1.500 años antes de lo que se creía y en un lugar diferente al que estimaban los expertos. De acuerdo con esta nueva investigación, los orígenes del chocolate podrían hallarse en las poblaciones de Sudamérica de hace entre 5,300 y 2,100 años.
 
"Este nuevo estudio nos muestra que las poblaciones que habitaban los tramos superiores de la cuenca del Amazonas, que se extienden hasta las estribaciones de los Andes en el sureste de Ecuador, estuvieron cosechando y consumiendo cacao unos 1.500 años antes de lo que más tarde ocurrió en México", explica Michael Blake, coautor del estudio y profesor en el departamento de antropología de la University of British Columbia (UBC). "Esto sugiere que el uso de cacao, probablemente como una bebida, fue algo que se hizo popular y muy probablemente se acabó propagando hacia el norte por los agricultores que cultivaban cacao", añade el investigador.
 
Hasta ahora, la evidencia arqueológica del uso del cacao, que se remonta a hace 3.900 años, apuntaba a la idea de que el árbol del cacao se domesticó por primera vez en América Central. Pero la evidencia genética hallada muestra la existencia de una mayor diversidad de árbol de cacao y de especies relacionadas en la América del Sur ecuatorial, donde el cacao sigue siendo importante para grupos indígenas contemporáneos. De ahí que los investigadores decidieran empezar a buscar evidencias arqueológicas en la región en búsqueda del orígen del chocolate.
 
La importancia del cacao
Para este nuevo estudio, los investigadores empezaron por analizar artefactos de cerámica hallados en Santa Ana (La Florida), uno de los sitios arqueológicos más importantes de Ecuador y uno de los lugares más antiguos (conocidos) de la cultura Mayo-Chinchipe. Los expertos estiman que este lugar fue habitado hace unos 5.450 años.
 
El análisis de de estos artefactos permitió a los investigadores llegar a la conclusión de que esta cultura usaba cacao hace entre 5.300 y 2.100 años. Un hallazgo que, según explican los expertos, se puede explicar a través de tres tipos de evidencias: la presencia de granos de almidón específicos del árbol de cacao dentro de recipientes de cerámica y piezas de cerámica rotas; los residuos de teobromina, un alcaloide amargo que se encuentra en el árbol del cacao pero no en sus parientes silvestres; y en los fragmentos de ADN antiguo con secuencias exclusivas del árbol del cacao.
 
En este sentido, los investigadores recuerdan que el árbol del cacao (Theobroma cacao) fue un cultivo de gran importancia cultural en la Mesoamérica precolombina, una región histórica y cultural que de América del Norte que se extiende desde el centro de México hasta Belice, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y el norte de Costa Rica. En esta cultura, los granos de cacao se utilizaban como moneda y para elaborar algunas de las bebidas consumidas durante fiestas y rituales.
 

Investigacióna arqueológica y genética
Según explican los investigadores en este nuevo estudio, los hallazgos sugieren que las poblaciones de la cultura Mayo-Chinchipe domesticaron el árbol de cacao al menos 1.500 años antes de que el cultivo fuera utilizado en América Central. Por otro lado, dado que algunos de los artefactos de Santa An (La Florida) tienen vínculos con la costa del Pacífico, los expertos también sugieren que el comercio de bienes - incluidas las plantas de importancia cultural - podría haber iniciado el "viaje hacia el norte" del cacao.
 
De acuerdo a Sonia Zarrillo, autora principal del estudio e investigadora en la Universidad de Calgary, los hallazgos presentados en este nuevo estudio representan una importante innovación metodológica en el mundo de la antropología.

"Por primera vez, tres líneas independientes de evidencia arqueológica han documentado la presencia de cacao antiguo en las Américas: granos de almidón, biomarcadores químicos y secuencias de ADN antiguas", comenta la investigadora. "Estos tres métodos se combinan para identificar definitivamente una planta que, por lo demás, es notoriamente difícil de rastrear en el registro arqueológico porque las semillas y otras partes se degradan rápidamente en ambientes tropicales húmedos y cálidos".

Fuente: EL PERIÓDICO



PENSAMIENTO







“Caminante, no hay camino /
se hace camino al andar”.
Antonio Machado
 

 
 
 

sábado, 8 de septiembre de 2018

ATALAYA: La Feria de Albacete




Ayer, la cabalgata y la apertura de la Puerta de Hierros dieron el pistoletazo de salida a la Feria de Albacete 2018. Y como si un duendecillo travieso hubiera guiado mi mano, buscando un prosaico documento me topé con una carpeta repleta de apuntes, poemas y pinceladas escritos por mi difunto esposo Manuel. Entre ellos esta bonita y semblanza del año 2000 sobre la Feria de Albacete que, a continuación, quiero compartir con los lectores de nuestro blog. Y digo "nuestro" porque, aunque Manuel haya fallecido y yo no me dedique con tanta regularidad como antes a publicar entradas en el blog, quiero contribuir publicando textos suyos como pequeño homenaje a que el espíritu de su creador siga vivo, no sólo en la mente de todos los que le queríamos y admirábamos.
 
LA FERIA DE ALBACETE
 
Los que han permanecido en Albacete y han vivido día a día su transformación, no pueden imaginarse el impacto que esta pequeña (y grande) urbe causa en el retornado, que hace cuarenta años salió de aquí para residir en el Extranjero, concretamente en la capital de Baviera, Múnich. Con paciencia de arqueólogo voy buscando por las nuevas calles, ahora comerciales y profusamente iluminadas, aquellos callejones entrañables, de escasa iluminación – a veces basaba una simple bombilla adosada al muro de una casita – y aquellos rincones que encerraban nuestra adolescencia, como la que nosotros llamábamos “Era de la Jaula” y que yo ahora intuyo detrás de la Clínica del Rosario, donde ha sentado sus reales de hormigón y asfalto la calle del Arquitecto Vandelvira.

¡Cuántos partidos de fútbol hemos jugado allí los estudiantes del Instituto! Paulino Vázquez, Antonio Martínez Sarrión, Adrián Villalba y un servidor, entre otros, demostramos allí “capacidades futbolísticas” desaprovechadas en aras de nuestras futuras ocupaciones intelectuales! Por todas partes he buscado los preciosos chalés enfrente del parque. Sólo veo grandes edificios de varios pisos, exceptuando el chalé que ahora ocupa la Policía Local, y tal vez alguno más olvidado por la destructora piqueta. Quien me ayuda mucho en mi redescubrimiento del Albacete de aquellos tiempos, indispensable para que me adapte al actual, es José Sánchez de la Rosa en su columna de “La Verdad”. Gracias a él he recuperado la Plaza de las Carretas y sus aledaños, o el Paseo de la Cuba. Del gran cronista albaceteño he tomado la acertada observación de que “Albacete no se ha renovado; ha sido suplantado por otra ciudad distinta”. También la Feria ha cambiado. Ya no es una fiesta casi pueblerina, sino un “evento”-como se dice ahora- propio de una gran ciudad, “prusianamente organizado”. Sin ánimo de exagerar, he de decir que la Feria de Albacete no desmerece de otras conocidas ferias españolas y extranjeras, salvando, claro está, las proporciones.
 
Yo recuerdo ahora la Feria, nuestra Feria, de los años cincuenta. Albacete se vestía con sus mejores galas para celebrar su Feria de septiembre. La calle de la Feria y el paseo de mismo nombre, que durante todo el año permanecían por la noche silenciosos y oscuros, se convertían de repente en una larga y policroma serpiente luminosa. Bajo los arcos voltaicos, un caudaloso río humano se movía perezosamente y se iba remansando conforme se aproximaba al Real de la Feria, una construcción semejante a una gran plaza de toros o un cortijo, en cuyo interior exponían las diversas industrias artesanas de la región, entre ellas, en lugar destacado, la cuchillería, las famosas navajas de Albacete, También había pequeños pabellones de empresas nacionales e incluso recuerdo haber visto una exposición de libros de la estadounidense Casa de América. Durante el día, aquel cortijo redondo cegaba la vista con sus fachadas enjalbegadas convertidas en brasa blanquísima por el sol. Por la noche, el Real de la Feria se ofrecía a la vista con su espléndida iluminación como la lujosa tienda de un califa de las Mil y una Noches.
 
El río humano se detenía y arremolinaba ante el Real para volver a formar otra densa corriente que descendía e sentido inverso, desparramándose después en forma de afluente por los Jardinillos y las casetas y repartiéndose entre los carruseles, el látigo, la noria, las barcas, los tiovivos, el laberinto o el teatro chino. El polvo levantado por la gigantesca oruga humana en constante movimiento flotaba como una nube rosácea sobre las bombillas de los arcos de luces. El ambiente estaba cargado de mil olores contradictorios: a pescado frito, carne a la brasa, morcillas, almendras tostadas y garapiñadas, vino peleón, cerveza y horchata. Los altavoces luchaban a brazo partido en un frenético guirigay de pregones, flamenco y boleros, creando una atmósfera acústica tan enrarecida como el aire.

Esas noches de Feria, Paulino Vázquez y yo disfrutábamos de la tranquilidad del Parque abandonado y totalmente ajeno al trajín popular. Allí hablábamos de nuestros planes para el futuro que ya se iba aproximando. Sólo nos queda un año para concluir el bachillerato. Dentro de pocas semanas empezaría el nuevo curso, el último para nosotros si no nos cateaban en la reválida.

Para mí la Feria marcaba el fin del verano, el fin de la autonomía personal, de la libertad para poder estructurar las horas como me diera la gana. Todavía abrasaba el sol al mediodía como en agosto y cegaba la vista al caer de plano sobre las fachadas blanquísimas del gran poblachón manchego que era Albacete. Los domingos por la mañana, el quiosco de helados y de horchata de Los Valencianos en el Parque era el lugar más concurrido. Coincidían allí los pequeños burgueses de bigotito y barriga que acababan de salir de misa y, recién confesados y comulgados, prolongaban con sus hijos menores de edad la dominical eucaristía tomando helados con barquillos. Todavía era verano, pero un algo sutil en la atmósfera, una súbita y brevísima brisa fresca que surcaba el calorín, un indefinido e indefinible matiz en el azul del cielo algo más pálido que hacía sólo un par de semanas, una más intuida que percibida tonalidad distinta de las inmóviles nubecillas de algodón, que por encima de los pinos filtraban durante segundos con nácar la luz del sol, me decía que ya todo no era lo mismo, que algo había cambiado fuera y dentro de mí y que aquella prórroga estival era sólo el disfraz con el que solía sorprendernos, quizás mañana mismo, el otoño. No me engañaba. Dos o tres días después de haber comenzado la Feria solían formarse a la caída de la tarde negros nubarrones en el poniente, al tiempo que se levantaba un viento grueso y fresco con cuyas primeras bocanadas llegaban intensos chaparrones. La derrota del verano la proclamaban definitivamente los escasos relámpagos, débiles y violáceos y sin truenos, que encendían el cielo nocturno por la parte de Levante.
 
Esas noches eran las que prefería para leer en mi cuarto a la luz del flexo. La lectura alargaba mi libertad ya condicional, sumiéndome en un mundo en el que las horas no contaban ni los días se dividían aún en clase de Matemáticas, de Física y Química, de Latín, de Geografía e Historia…
Manuel Moral († 24.04.2017)