jueves, 19 de octubre de 2017

CULTURA: Manuel Vázquez Montalbán




Por la reseña en Facebook de Libros Alcaná me he enterado de que hoy se cumplía el 14 aniversario del fallecimiento del polifacético periodista y escritor Manuel Vázquez Montalbán.
 
Mi marido Manuel oyó hablar de él a finales de los años 60/principios de los 70 a través de amigos de la prensa madrileña. Vázquez Montalbán era colaborador, me parece que bajo seudónimo, de la prestigiosa revista “TRIUNFO” donde le habían hecho un hueco para que publicase una serie de artículos titulada "Crónica sentimental de España" que, por cierto, tuvo un gran éxito. Por aquel entonces Vázquez Montalbán no era persona grata del régimen franquista (había pasado un par de años en la cárcel por actividades subversivas cuando todavía era estudiante). Así que hubo que recurrir a un alias para poder trabajar y ganarse el sustento.
 
Fue el también tristemente desaparecido periodista y luego cineasta Pedro Costa Musté, (por aquel entonces un hippy de mucho cuidado, con largas patillas y frondoso mostacho) quien se lo presentó a mi difunto marido con motivo de un viaje organizado por no sé qué organismo cultural alemán, al que se apuntaban un montón de intelectuales de las letras españolas para poder escapar del oprimente clima de la España de Franco y respirar -a gastos pagados- un poco de aire fresco en países como Alemania. La visita al Westdeutscher Rundfunk, en Colonia, y al Bayerischer Rundfunk (la mítica “Radio Baviera”) de Múnich eran obligadas. Pedro Costa escribía ya con regularidad crónicas y comentarios para Radio Baviera (por supuesto con un nombre falso porque mentar a Radio Baviera en medios oficiales era como nombrarles a la bicha). Creo recordar que Vázquez Montalbán también escribió bastante antes de que falleciera Franco algún que otro artículo para el programa en español del Bayerischer Rundfunk, que pagaba muy bien esas colaboraciones. Además, al cambio era un pastón, por lo que había tortas por trabajar allí, aunque fuese de tapadillo.
 
A Vázquez Montalbán la fama le llegó de la noche a la mañana como autor de novelas policíacas cuyos protagonistas eran el detective Pepe Carvalho, su fiel ayudante (y cocinero) “Biscúter” y su pareja, amante o como se la quiera llamar, Charo. Aunque su vida cambió y empezó a irle bien económicamente, él siguió siendo el mismo hombre de izquierdas, sencillo, socarrón, amigo de sus amigos y amante de la buena mesa.
 
Manuel y yo le conocimos personalmente en Madrid cuando, ya después de la muerte de Franco, nos levantaron la prohibición de poner los pies en España. Fue a raíz de uno de esos múltiples viajes de placer (con escala en la capital de España para que Manuel pudiese cobrar en metálico los honorarios que se habían ido acumulando en la revista POSIBLE por sus asiduas crónicas desde Alemania), que otro escritor catalán amigo de los dos Manueles, el entretanto también fallecido Luís Carandell, nos lo presentó. No os quiero ni contar lo bien que lo pasamos los cuatro comiendo cocido en “La Bola”.
 
Estábamos a principios de la Transición y, a pesar de que ya se podía despotricar bastante abiertamente sobre el antiguo régimen, era mejor bajar la voz si las críticas eran demasiado acerbas. Nunca se podía estar seguro de que no apareciesen de repente por el foro algunos rompe-reuniones fachas, que no se andaban con chiquitas a la hora de soltar guantazos (y nunca mejor dicho, porque casi siempre calzaban guantes de piel). Eran fácilmente reconocibles porque, además, solían usar abrigos de Loden verde en invierno. Mi Manuel me contó en ese contexto una anécdota muy graciosa: Visitando El Rastro para ver si encontraba alguno de esos relojes antiguos de bolsillo que tanto le gustaban y que le dio por coleccionar, había un par de chiquitas jóvenes repartiendo octavillas por allí. En cuanto le vieron aparecer con su auténtico abrigo tirolés de Loden verde, echaron a correr casi perdiendo las bragas por el camino. ¡Menudo susto que debieron pegarse las pobrecitas!
 
 
A Manuel Vázquez Montalbán le vimos por última vez en Barcelona a principios de los 90, antes de las Olimpiadas. Había aparcado -al menos, de momento- a Carvahlo, era entretanto uno de los escritores con más best-sellers de España, estaba bastante más delgado y se había afeitado el bigote. Nos invitó a comer en su restaurante fetiche, “Can Lluís”, en la calle de la Cera, en el barrio del Raval. Era la primera vez que íbamos allí, pero no sería la última porque se comía (y creo que todavía se sigue comiendo) de maravilla. De hecho, Manuel Vázquez Montalbán tiene una placa conmemorativa de azulejos en ese restaurante barcelonés porque le dedica un párrafo entero en su novela “Padres e hijos”. Fue una velada más que agradable. Se habló como era de esperar de política. Estaba muy desilusionado por los derroteros que había tomado el PCE/IU (él, marxista desde su adolescencia,  era militante del PSUC, un partido que Manuel llevaba contra viento y marea siempre en su corazón).
 
Fue nuestra última comida juntos. Después, cosas de la vida, le perdimos de vista. Él estaba muy atareado con sus múltiples proyectos y a mi Manuel no le gustaba ponerse en plan plasta si alguien no daba señales de vida. No volvimos a vernos en persona. Supimos de él nada más que a través de sus exitosos libros y hasta que apareció la noticia de su súbita muerte por infarto en el aeropuerto de Bangkok.
Margarita Rey
 
 
 

lunes, 16 de octubre de 2017

TEMA DE HOY: La vuelta a la yenka...





Si alguien se esperaba una respuesta clara y rotunda de Puigdemont es que tiene una ingenuidad a prueba de bombas. A esa mezcla de ingenuidad, inocencia y credulidad le llaman en alemán “Blauäugikkeit” (me encantan esas definiciones alemanas tan precisas para los que a menudo en español necesitamos una frase entera…).
 
Pero a lo que íbamos. En su burofax del hoy al Sr. Rajoy, el “Honorable” Puigdemont muestra la misma ambigüedad que en su Yenka-Declaración de hace 6 días, en la que fue el hazmerreír de toda la prensa europea y objeto de bromas de personas tan serias como el Ministro de Justicia alemán, Heiko Maas.  Maas, a su llegada el 12 de octubre a la reunión de Ministros de Justicia de la UE en Luxemburgo, le comentó en tono jocoso a la prensa: “acabo de declarar la independencia del Sarre”. Y seguro que no fue el único en mofarse de ese “un pasito p’alante, un pasito p’atrás” de Puigdemont que hoy se ha vuelto a repetir.
 
Aunque el asunto tenga enjundia, me está resultando ya cansino leer y oír en los medios las opiniones de sesudos comentaristas que, como yo, no tienen ni zorra idea de por dónde van a salir los tiros ni de un bando ni de otro, aunque probablemente lo hagan por la culata. Y es que la cosa se está poniendo francamente fea. En una parte tenemos al núcleo duro de los independentistas capitaneados por la CUP y Ómnium Cultural presionando a Puigdemont y, en la otra, a los halcones dentro y fuera del PP que intentan coaccionar a Rajoy para que actúe de forma contundente contra Cataluña. Vamos, que les mande como mínimo a los Tercios de Flandes …
 
Sinceramente, creo que el acorralado Puigdemont ha vuelto a elegir una táctica parecida a la que tan bien le salió el pasado 1-O, cuando los “mossos d’esquadra” se pusieron de perfil y llamaron en su ayuda a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, con el resultado que todos conocemos. Ahora se trata de provocar a Rajoy para que haya una reacción desmesurada por parte del Gobierno, que colocaría a Puigdemont, en Cataluña y fuera de ella, en un papel de mártir y que dejaría al Gobierno español en calzoncillos ante la opinión pública internacional.
 
Lo malo del caso es que los efectos de esta táctica son inciertos e impredecibles. Inciertos, por poco claros. E impredecibles, porque Puigdemont, al igual que Artur Mas en su día al aliarse con la CUP, no puede calcular a priori el alcance de sus maniobras de despiste de cara a unos y otros. Todos sabemos cómo acabó Mas: defenestrado por obra y gracia de la CUP, que pidió su cabeza como precio a su apoyo para la formación de un Gobierno, sin el cual la coalición “Junts pel sí” no hubiese tenido la mayoría necesaria.
 
Precisamente ahora que se acaba de cumplir el 77 aniversario del fusilamiento de Lluís Companys, el presidente de la Generalitat, cuestionado en su día por muchos independentistas y anarquistas, capturado por la Gestapo en Francia en 1940 y entregado al régimen de Franco para ser ejecutado frente a uno de los muros del Cementerio de Montjuich, quisiera puntualizar que el primero que declaró la independencia no fue Companys, sino su antecesor Francesc Macià. Sin embargo, la declaración de esa efímera República Catalana (duró tan sólo 10 horas) el 6 de octubre de 1934 (que, por cierto, fue tan nebulosa como la de Puigdemont*), es la que invocan los independentistas. Probablemente por el hecho de haber sido encarcelado pocas horas después. En este contexto, me permito citar unas frases del Diario de Sevilla de ayer:

 “Companys fue militante catalanista desde su juventud, republicano y miembro de ERC, pero no de los más radicales. De hecho, los últimos años de su vida fue cuestionado por independentistas y anarquistas, de un lado, y por las fuerzas conservadoras y republicanas, de otro. Quien primero proclamó el Estado catalán en la Segunda República no fue él, sino su antecesor, Francesc Maciá, en las horas de confusión que se sucedieron entre la huida de Alfonso XIII y la instauración del nuevo régimen. Maciá proclamó el Estado catalán dentro de la república de los pueblos ibéricos, pero sin una intención clara de segregar el territorio. Fue precisamente Lluís Companys quien impidió que en el balcón de la plaza de Sant Jaume se izara en abril de 1931 la estelada, símbolo de Estat catalá, que era una facción de los soberanistas con milicia propia. La bandera que ondeó fue la senyera. A consencuencia de ello, Niceto Alcalá Zamora envió a un grupo de diputados a parlamentar con Maciá, entre ellos Fernando de los Ríos, a consecuencia de lo cual se instauró la Generalitat de Cataluña. Ese fue el pacto. Maciá murió en el cargo, y Companys lo sucedió en la víspera de las elecciones legislativas españolas que ganaron las derechas en 1933.

La proclamación de la independencia de Companys de la que tanto se habla en estos días fue una confluencia, por tanto, del catalanismo y de la revolución que las fuerzas de izquierdas aunaron en contra del Gobierno de Lerroux”.
Fin de la cita
 
Nadie sabe cómo acabará Puigdemont. Sin embargo, lo que a mí me aterroriza son los espíritus que, probablemente sin querer, ha despertado: El nacionalismo exacerbado en uno y otro bando, en el que los fascistas de ambos lados salen a la calle enarbolando banderas como arma arrojadiza. Yo no soy mucho de banderas, pero estoy totalmente en contra de que tanto la “senyera” como la bandera nacional hayan sido secuestradas por supuestos “patriotas”  que las utilizan indebidamente para sus espurios fines. Porque no se trata únicamente de pedazos de trapo. Para muchos ciudadanos representan la expresión de un sentimiento de pertenencia que no merece ser deshonrado por exaltados y extremistas, sean del color político que sean.
 
 
Desgraciadamente, mucho me temo que estemos asistiendo al inicio de una escalada de actos violentos y vandálicos por parte de esos grupos de ultras catalanes y españoles que, invocando un patriotismo que creíamos ya superado, sólo siembran el odio a su paso y segregan en lugar de unir. De no poner coto a tiempo cortando por lo sano, no descarto que, más pronto que tarde, se tenga que hacer frente a numerosas revueltas locales que puedan llegar a extenderse por todo el país. Quisiera equivocarme, pero recordando a Goethe en su cuento “El aprendiz de brujo”, el dilema ante el que se encuentran Puigdemont y Rajoy actualmente es cómo reconducir la situación y librarse sin demasiados estropicios de esos espíritus que -el uno de forma activa y el otro de manera pasiva- invocaron  tan alegremente sin pensar en las consecuencias.
Margarita Rey

*
"En esta hora solemne, en nombre del pueblo y del Parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del poder en Cataluña, proclama el estado catalán de la República Federal española y (…) les invita [a los republicanos españoles] a establecer en Cataluña el Gobierno provisional de la República española".


LEÍDO EN LA PRENSA




 
 
Las imágenes de violencia fascista en Valencia, con dejación policial incluida, son toda una señal de alarma en este momento histórico de polarización política. Si encima el PP se niega a denunciarla en sede parlamentaria y Ciudadanos tampoco expresa su condena, nos adentramos en un terreno muy peligroso de tolerancia e impunidad. ¿Todo vale para expresar el patriotismo español? ¿Por qué la españolidad se deja asociar con la violencia fascista que atemoriza la calle? La Unión Europea ha recordado que la violencia política es una línea roja incompatible con la democracia y el espíritu europeo que es el de la Ilustración.

¿Han sopesado los dos partidos de centro-derecha y toda su corte mediática las consecuencias de minimizar o banalizar las serpientes del fascismo callejero? Me temo que no. Para ellos, tan solo son un efecto secundario y controlable del momento pasional y enervado que vivimos. Hanna Arendt ya nos advirtió de lo peligroso que resulta banalizar el mal. El "a por ellos" futbolero hacia la policía es un ejemplo de banalización del mal que ha envalentonado a la clásica extrema derecha.
 
Minoría latente
La extrema derecha y los grupúsculos fascistas siempre han existido como una minoría latente, aunque muy desunida en multitud de siglas y colectivos sin un liderazgo carismático que los cohesione. Ha ido sobreviviendo como una amalgama de franquistas nostálgicos, falangistas, social patriotas, nazis y racistas ultras con focos muy activos en Madrid y Valencia. Sus menores de 40 años están bien conectados a las redes sociales lanzando discursos de odio y exhiben su virilidad violenta en gradas futboleras y en palizas a víctimas desamparadas.

El último informe sobre delitos de odio que recoge las denuncias al Ministerio del Interior indica que en el 2016 hubo 1.272 delitos de odio en España. Los más comunes son por racismo y xenofobia (416), por disfobia o discriminación hacia discapacitados (262), por intolerancia ideológica (259), por discriminación de la orientación e identidad sexual (230), por intolerancia religiosa y antisemitismo (54), por sexismo degradante (41) y por aporofobia u odio a los pobres sin hogar (10). Todas ellas son conductas extremas constitutivas de delito y representan una ínfima parte del total de dos millones de infracciones penales cometidas en 2016. Son pocos delitos pero, cualitativamente, son el peor veneno de la convivencia y la demostración de fuerza de ideologías totalitarias de infausto recuerdo.
 
Callejero y patrio
Los delitos de odio son fascismo callejero. Pero ante el momento crítico y apocalíptico con que ven a su España, el fascismo patrio que vimos en Valencia parece quedar banalizado por la derecha parlamentaria. Así queda normalizado y blanqueado. Hace unos días, una masiva manifestación en Zaragoza por la unidad de España jaleaba al orador que, sin presentarse, era el jefe provincial de Falange. Toda una infiltración aplaudida. Todo un fracaso calamitoso para la España laica, liberal y democrática que no sacraliza a la patria y, por ello, va perdiendo el relato.

Los datos del CIS nos dicen que el 80% de los electores que se reconocen de extrema derecha votan al PP. Hasta ahora así ha sido. El fascismo patrio y banal que se fermenta y se socializa en radios, tertulias y columnistas de cierta prensa madrileña acabará teniendo su propio nicho electoral con las siglas que sean. Está ganando en hegemonía y solo falta que alguien lo financie. Jiménez Losantos y sus contertulios no dejan de calificar a Rajoy como un traidor incapaz de aplicar la mano dura contra todo lo que está pasando en Catalunya. Si prospera la distensión y se abre una vía de reforma constitucional sin haber encarcelado antes a Puigdemont y su Gobierno, la percibida como traición de Rajoy puede romper al PP.
 
Efecto 'boomerang'
Sería el 'boomerang' de la posdemocracia autoritaria que el mismo PP ha alimentado con su política de exclusión y uniformidad. Todo empezó con la crispación identitaria y la recogida de firmas contra el Estatut de Catalunya en el 2006. El nuevo fascismo patrio irá a más y marcará la agenda identitaria a seguir como la única agenda política. Gran jugada. Así queda anulada la agenda clásica de la izquierda centrada en la redistribución, la lucha contra la desigualdad y la ampliación de derechos de ciudadanía.

Algunos sondeos ya sitúan a Podemos en cuarto lugar y a un PSOE a la baja. Todo apunta a una mayoría electoral de PP y Ciudadanos, además de dar representación a un partido del fascismo patrio, sea Vox o bajo otro nombre. La bestia está desatada y querrá ulsterizar Catalunya. Peor escenario, imposible.
 
Fuente: EL PERIÓDICO
Autor: Xavier Martínez Celorrio
 
 
 

PENSAMIENTO








“El nacionalismo es el injustificado y estúpido narcisismo
de quienes carecen de identidad individual”.
 
M.M.
 
 
 
 

miércoles, 11 de octubre de 2017

TEMA DE HOY: La Yenka-Declaración




Ocurrió lo que tenía que ocurrir y muchos esperábamos: el intento de buscar una salida tramposa al berenjenal en el que él solito se había metido. A las 19.40 de ayer Puigdemont pronunció estas palabras: “Asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república”. La trampa de Puigdemont no consistía en otra cosa que dejar inmediatamente después en suspenso esa misma declaración: “Propongo que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos el diálogo”. O sea, como en el baile de la Yenka de mi adolescencia cuyo estribillo terminaba con las palabras: “delante-detrás, un- dos-tres”.
 
Las caras de los independentistas eran todo un poema. Desde la de circunstancias de Oriol Junqueras, a las de franco cabreo de los miembros de la CUP, que ni miraron ni saludaron al “molt Honorable” al abandonar el Parlament tras su “sí, pero no”, con el que obviamente no estaban nada de acuerdo. Y ya ni hablemos de la desilusión de los grupitos independentistas que estaban esperando con sus esteladas ante el Parlament para celebrar a gritos la proclamación. 
 
Poco después, el portavoz de la CUP, Quim Arrufat, visiblemente enojado, manifestó que la declaración de independencia que habían firmado todos los independentistas tras el pleno no tiene ninguna validez y declaró que la CUP suspendería la actividad parlamentaria y abandonaría el Parlament hasta que se den pasos hacia la tan ansiada independencia. Entretanto, el enfado de la CUP ha ido in crescendo: De hecho, esta mañana la CUP, una vez más por boca de Quim Arrufat, ha puesto un ultimátum de un mes a Puigdemont para que declare la independencia.
 
El “declaro la independencia y luego la retiro”  de Puigdemont (mi cuñada, María Dolores Moral, con la que una vez más coincido, dice que le recuerda a María Dolores de Cospedal en su fallido y ridículo intento de explicar de alguna manera la indemnización “en diferido” de Bárcenas) tiene diferentes lecturas: Primero, de cara al extranjero (muy proclive a caer en la trampa de trileros que se presentan disfrazados de víctimas políticas), e intentar demostrar la buena voluntad de los secesionistas con el cebo de la palabra mágica “mediación”, que tanto gusta a los políticos eméritos. Segundo, con el fin de ganar tiempo y evitar la intervención de la autonomía catalana por parte del Gobierno central y, por consiguiente escaquearse él (Puigdemont), al menos de momento, de tener que ir a la cárcel por delitos de usurpación de funciones, como mínimo. Tercero, tratar de no perder el apoyo  de la CUP, ya que, de perder éste, Junts pel sí y ERC no tendrían suficiente mayoría en el Parlament y se tendrían que convocar nuevas elecciones que barrerían con toda seguridad al PDCat., partido al que pertenece Puigdemont, del mapa político catalán. Algo que, tanto Mas como Puigdemont, han intentado por todos los medios esquivar arrojándose en los brazos de la CUP, en una alianza contra natura que ha llevado a Cataluña al borde del abismo.
 
De momento,  Rajoy ha anunciado que solicitaría al presidente de la Generalitat que aclare si ha declarado la independencia antes de aplicar el artículo 155 de la Constitución. Ahora toca esperar la reacción de Puigdemont que, probablemente se vuelva a salir por la tangente.
 
Por eso mismo, el llamamiento al diálogo de esta mañana de la canciller alemana, Angela Merkel para "evitar cualquier tipo de escalada de tensión" entre el Gobierno español y la Generalitat me parece una burla y en estos momentos tan innecesario como un bocio (traducción literal de la expresión popular alemana: “so überflüssig wie ein Kropf” que significa: “algo inútil, de lo que podemos prescindir).

Margarita Rey
 
 
 

LAS PORTADAS DE LA PRENSA



                                                                                                El Confidencial



PUIGDEMONT SALE POR LA TANGENTE

El aplazamiento de la declaración de independencia llena el quiosco de descalificaciones e incredulidad

Farsa, chantaje, caos, independencia en diferido... el quiosco abunda en calificar de la más diversa manera el gesto de Puigdemont de declarar la independencia y a continuación suspenderla sine die.
La incógnita sigue abierta, aunque ahora el mayor interrogante es saber que hará Rajoy en las próximas horas.

Las portadas de los diarios

El País: "Independencia a plazos que prolonga el caos en Cataluña. Puigdemont suspende su ruptura para un supuesto diálogo. El Gobierno considera inadmisible la declaración del 'president"; "Confusión en la calle y llamada de la CUP a imponer la república".

El Mundo: "Farsa y chantaje. Los diputados separatistas firman una declaración de independencia horas después de que Puigdemont anunciara que queda suspendida para iniciar negociaciones"; "Rajoy negocia la respuesta con Sánchez y Rivera".
Abc: Puigdemont chantajea al Gobierno para ganar tiempo. Asume la independencia, la suspende acto seguido y trata de sortear el 155 buscando presuntos mediadores internacionales que dialoguen con el "Estado represor".
 
EL PERIÓDICO: "Tiempo muerto. Puigdemont deja en suspenso la DUI mientras apela a la mediación y al diálogo. Rajoy recibe a Sánchez en la Moncloa y reúne hoy al Gobierno para dar respuesta"; "La CUP amenaza con dejar la Cámara "hasta que se trabaje por la república"; "Desconcierto en los convocados por Òmnium y la ANC ante el discurso de 'president"; "Planeta decida también el traslado del domicilio social a Madrid".

La Razón: "Independencia (ahora) en diferido. Puigdemont declara la secesión pero la suspende para abrir una falsa vía de diálogo y "traiciona" a la CUP. Rajoy convoca para hoy un Consejo de Ministros extraordinario y considera que el discurso es una "trampa".

La Vanguardia: “Puigdemont suspende la independencia tras anunciarla”

Fuente:  EL PERIODICO









PENSAMIENTO











“No hay ni izquierdas ni derechas, sólo opiniones opuestas.
La única manera civilizada de convivir es la democracia”.
 
M.M.
 
 
 
 
 


 

lunes, 9 de octubre de 2017

PINCELADA: "Recuperem el seny"






Ayer domingo, toda España pudo por fin asistir -aunque sólo fuese a través de alguno de los diversos canales de televisión que la estaban retransmitiendo en directo- a esa concentración ciudadana que tantos echábamos de menos: la protesta que, convocada por la Societat Civil Catalana (SCC), tuvo lugar en Barcelona bajo el lema: "¡Basta, recuperemos la sensatez"/"Prou, recuperem el seny!"
 
Esta multitudinaria movilización fue precedida el sábado por múltiples manifestaciones en toda España en favor del diálogo y en defensa de la nación, en las que los pacíficos participantes salieron a la calle vestidos de blanco para pedir al Gobierno y a la Generalitat que iniciasen un diálogo para buscar una salida al conflicto catalán.  Ante el riesgo de una DIU (declaración unilateral de independencia) por parte de la Generalitat de Cataluña, miles de personas siguieron el llamamiento de la plataforma “Hablemos” y llenaron a rebosar la Plaza de Cibeles en Madrid y la Plaza San Jaume en Barcelona, entre otras muchas.
 
Aunque la participación en los actos del sábado no fue nada desdeñable, yo tenía mis dudas sobre si la sociedad catalana no independentista despertaría de su letargo y acudiría masivamente a la convocatoria de la SCC. Y mira por donde sucedió el milagro. Miles y miles de ciudadanos (los organizadores hablan de 1.000.000, la Guardia Urbana de 350.000, la policía de 400.000 y yo diría que fueron unos 800.000) encabezados por representantes de los principales partidos políticos y otras instituciones, se dirigieron tranquilos y disciplinados, portando banderas nacionales, senyeras y alguna que otra bandera de la Unión Europea, por la colapsada Via Laietana a la Estación de Francia, donde se había levantado un escenario para que algunos de los participantes que habían estado a la cabeza de la manifestación tomasen la palabra. No sé muy bien qué dijeron. Sus discursos quedaron totalmente eclipsados ante la vehemencia de Mario Vargas Llosa y la fuerza oratoria de Josep Borrell.
 
No teman, no les voy a citar las alocuciones porque han sido retransmitidas hasta la saciedad por los medios. Permítanme, sin embargo, que añada aquí los vídeos para que los lectores de este blog en el extranjero puedan también disfrutar siguiendo los enlaces. Porque, si bien las palabras de Vargas Llosa me impresionaron, el discurso de Josep Borrell tocó mi fibra sensible, hasta el punto de que se me saltaran en más de una ocasión las lágrimas.
 
 
Y es que, aunque haya pasado casi toda mi vida en el extranjero, una parte de mi corazoncito la sigue ocupando esa Cataluña, esa Barcelona donde nací. Por eso mismo lo estoy pasando tan mal en los últimos tiempos con los devaneos soberanistas de Puigdemont y sus acólitos de ERC y la CUP.
 
Recuerdo todavía con horror que cuando yo era pequeñita y en mi primera adolescencia cualquier gris o Guardia Civil podía dirigirse impunemente de forma vejatoria a nosotros catalanes si nos oían hablar en nuestra lengua vernácula. El “¡habla en cristiano!” y “¡a ver si terminas ya de ladrar!” estaban a la orden del día y nos teníamos que comer la rabia para que no nos soltasen ningún pescozón. ¡Eso sí que eran fuerzas de ocupación y no las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado destinados actualmente en Cataluña!
 
Ahora se le ha dado la vuelta a la tortilla. A todo aquel que no hable el catalán y no pase por el aro del pensamiento monolítico que se ha instalado en el Govern de Catalunya, se le hace la vida imposible y se le acosa de forma impropia de personas civilizadas y educadas en la democracia. Por eso me parece muy bien que muchos ciudadanos, catalanes o de otros orígenes, muestren ahora abiertamente su apoyo a estos Cuerpos que se juegan a menudo el pellejo por cuatro perras y que, en situaciones extremas como la del pseudo referéndum del 1-O, ante la pasividad de los “mossos”, no hicieron otra cosa que cumplir órdenes de arriba (donde, por cierto, nadie ha sido hasta ahora capaz de asumir responsabilidades).
 
Claro que toda esta evolución, que ha abocado en un secesionismo abierto, se veía venir desde hace mucho tiempo. Empezó con Pujol y su inmersión lingüística para recuperar el catalán, seguida de la labor de zapa a través de TV3 y, en vista de que Madrid miraba hacia otro lado porque el gobierno de turno necesitaba el apoyo de CiU, se pudo ya pasar sin ningún tipo de recato al sutil adoctrinamiento en las aulas, hasta el punto de llegar a falsificar la Historia de Cataluña e ir sembrando  poco a poco la semilla  del rechazo hacia todo lo español. Un rechazo fomentado por ERC, a cuyo carro nacionalista se montó Artur Mas con el fin de lanzar cortinas de humo y tratar de despistar a los ciudadanos a medida que se iban conociendo los pormenores de la trama de corrupción y fraude fiscal en la cúspide de CiU. Primero fue ese “España nos roba”, que caló poco a poco hondo en la población, seguido de un “sin España viviríamos mejor” (todo ello a partir del momento en que  el T.C. impugnó  en 2010, gracias a la recogida de firmas del PP, 14 artículos del “Estatut”, aprobado en 2006 durante el gobierno de Zapatero por Las Cortes Generales y el Parlament).
 
Pero la escalada de los acontecimientos llegó a su punto culminante cuando Artur Mas -después del pésimo resultado conseguido en las elecciones del 27-S 2015 por el PdCat, nuevo partido que Mas se había sacado de la manga para poder presentarse a las elecciones autonómicas bajo el paraguas de la Coalición “Junts pel sí”-  vendió su alma a la CUP para poder ser investido President de la Generalitat. Tras agónicas negociaciones sin resultado, el 8 de enero de 2016, tan sólo 48 horas antes de que venciese el plazo para convocar nuevas elecciones, ante la sorpresa de todos, Mas nombró a Carles Puigdemont como sucesor.
 
Desgraciadamente, bajo la batuta del antiguo alcalde de Gerona, las cosas no han hecho más que ir a peor. Las ideas de la CUP (siempre entre bambalinas, pero de la que depende la gobernabilidad de Cataluña)  se han impuesto en el Govern hasta el extremo de  que, tras el simulacro de “referéndum” del 1-O, Puigdemont anunciase el pasado martes por la noche la Proclamación unilateral de Independencia (PUI) en cuestión de días, como mucho a principios de esta semana.
 
Con lo que no contaba el President es con la bomba que le iba a estallar poco después en las manos: el pasado jueves el Banco de Sabadell anunciaba que iba a cambiar su sede a Alicante y, el viernes, Caixabank acordó en su consejo de administración el traslado de su sede a Valencia, mientras que Gas Natural lo haría a Madrid. Entretanto, el Gobierno central aprobó el pasado viernes por vía de urgencia  un decreto para reducir al mínimo los trámites para el cambio de domicilio social de las empresas.
 
De momento son 16 grandes empresas las que han anunciado el cambio de su sede social y estoy segura de que bastantes más no tardarán mucho en seguirles. Y por si eso fuera poco, se acaba de conocer ahora -porque lo habían hecho de forma muy discreta-, que, según el Huffington Post, más de 2.500 han abandonado la región desde el inicio del “procès”.
 
Pero estos empresarios también tienen su parte de culpa. ¿Por qué no abrieron la boca todos estos años, aunque sólo fuese para advertir a la Generalitat de que cambiarían el domicilio de sus sedes sociales si el Govern seguía por el camino sin retorno hacia la independencia de Cataluña? Ayer Borrell les criticó duramente en su discurso: "Todo lo que dijisteis en privado ¿por qué no lo decíais en público?”. Aunque también señaló: “todos tenemos un poco de culpa por haber callado demasiado tiempo”.
 
Rajoy que, a mi modo de ver, ya tendría que haber dimitido hace mucho tiempo por el caso Bárcenas y otros casos de corrupción dentro del PP de los que pretende no haber sabido nada, no ha movido ni un dedo en todos estos años para intentar arreglar las cosas en Cataluña. Él, uno de los principales culpables de que el movimiento independentista haya subido en los últimos tiempos como la espuma, se estará frotando las manos de gusto. Lo que él no había conseguido hasta ahora con su inmovilismo y mutismo, lo ha hecho el éxodo de los Bancos y otras grandes empresas catalanas a otros puntos de España. Cuando ya estaba casi contra las cuerdas, la decisión de abandonar Cataluña le ha caído como maná del cielo, proporcionándole el balón de oxígeno necesario para pulir su imagen, un tanto deteriorada después de los desgraciados sucesos del 1-O (que los secesionistas tan bien supieron utilizar para ganar puntos en el extranjero), y ganar tiempo para poder preparar una estrategia ante la previsible DUI. Sin llegar a ser una deslocalización, un cambio de sede también hace “pupa”, especialmente por la mala imagen que da en el extranjero.
 
Ahora parece que a muchos catalanes se les está cayendo la venda de los ojos y se están dando cuenta de que esa “terra de Xauxa”, la Arcadia feliz que les pintaban los soberanistas y que era la zanahoria del Govern para hacerles tragar la milonga de la independencia, se está desvaneciendo a la misma velocidad que se disuelve un azucarillo dentro de un vaso de agua. De repente, el temor ante un posible “corralito” les hace replantearse el tema de la independencia y parece que no se creen ya demasiado esas palabras optimistas de Jonqueras sobre los cambios de sede (“si se van, ya volverán”) y mucho menos lo que dice la CUP sobre la necesidad de fundar un Banco Público, el Institut Català de Finances (¿con qué dinero, señores?).
 
Puede que haya llegado el momento de "recuperar el seny" (recuperar la sensatez, el sentido común), al menos eso esperan esas riadas de ciudadanos que, ante la amenaza de una DUI, salieron ayer y anteayer a la calle pidiendo diálogo. Al igual que esa mayoría de gente que, como yo, ya peina canas y que se emociona viendo y viviendo en la tele las reivindicaciones de ese gentío que ha llenado calles y plazas en estos dos últimos días y que también son las nuestras.
 
Dicen que el dinero no tiene amigos porque es cobarde. La Caixa y el Banco de Sabadell lo han demostrado tomando las de Villadiego cuando le han visto las orejas al lobo. Pero también el catalanito de a pie para quien, antes de cualquier ideología, lo más importante es la pasta, ha empezado a darse cuenta de que la cosa va en serio. Sería bastante chusco que fuera precisamente esto lo único capaz de frenar la aventura surrealista y sin sentido en la que Puigdemont ha embarcado, no sólo a Cataluña, sino a toda España. Y es que ya se sabe, “la pela es la pela”…
Margarita Rey