lunes, 21 de octubre de 2019

RECUERDOS DE MI MANUEL


 
 

UNOS APUNTES: INSTITUTO BACHILLER SABUCO


Para mí, el Instituto, que en aquellos ya remotísimos tiempos, se llamaba de Enseñanza Media, es el único referente que ha quedado en pie del Albacete de mi adolescencia. Cuando retorné a esta ciudad, totalmente inadaptado por el brusco cambio de la alpina capital de Baviera (Alemania), Munich, a esta entretanto importante ciudad industrial, Albacete, me gustaba acercarme al Instituto, mirar los ventanales del segundo piso a la derecha, donde teníamos las clases de matemáticas y de latín, recorrer con los ojos toda la estructura del magnífico edificio y asomarme a la espléndida entrada, por donde entraban y salían los (las) jóvenes estudiantes, plenos de presente y pletóricos de futuro. Entonces me creía uno de ellos, en mi primera juventud. Veía mi pasado como un sueño fugaz.
 
El salón de actos del Instituto Bachiller Sabuco era para nosotros, los alumnos del montón, algo así como un lugar reservado a los dioses del Olimpo, lo mismo que la escalinata, presidida por un reloj de pared, que nos estaba vedada: nosotros teníamos que acceder al piso superior por las escaleras del “servicio”, que también conducían a los servicios. Los chicos por sus escaleras a la izquierda, según se entra en el edificio, y las chicas a la derecha – ¡Qué morbo emanaba de aquel lugar, al que sólo unos pocos osados se atrevían a asomarse! ¡Qué sorpresa cuando leímos una vez las pintadas y dibujos de las niñas en sus servicios!

Yo no me encuentro en Albacete. Por todas partes veo mi Albacete, el Albacete de la Era de la Jaula, detrás de la clínica del Rosario (que era un hospital para los militares de la Base de Los Llanos), allí donde ahora discurre la concurrida calle del arquitecto Vandelvira, allí por donde yo iba en mi bici a las Casas Baratas (hoy Fátima), a ver a una alumna, hermana de unos amigos y compañeros del Instituto, de la cual estaba enamorado platónicamente. Aquel era el Albacete, rodeado de campos de trigo y cebada, de huertas con balsas y algunas con piscinas. La hoy pequeña gran ciudad, en la que no me encuentro, tampoco encaja en los recuerdos que he cultivado durante décadas en la lejana Baviera. Y es que cometo un error: yo superpongo mi Albacete de entonces al Albacete de hoy, cuando en realidad lo que está superpuesto es el Albacete de aquí y ahora a aquel Albacete que ya no existe y por eso pertenece al mundo de los fantasmas, de los recuerdos. Pero el Instituto es una excepción. Aquí está nuestro instituto como diciendo: “no todo se ha perdido, aquí me tienes a mí que comprendo tu nostalgia”. “Lo único que me entristece un poco –añade- es el parque, nuestro, vuestro Parque, donde os escondíais para fumaros clases, entre ellas la temida de matemáticas”.
 
En efecto, así era. Pero el Parque, que era un auténtico bosque silvestre, un denso pinar, es ahora un jardín con muy poco arbolado y alguna cursilada que otra. Por allí nos sorprendía sigilosamente don Francisco Pérez, el mejor catedrático de matemáticas del Instituto, que nos reconducía como ovejas descarriadas a clase. Don Francisco Pérez era admirado y temido, pero quienes tuvimos la suerte de hacer amistad con él cuando estudiábamos la carrera, hallamos en él un pozo de sabiduría. Era un hombre renacentista, como también era un renacentista mi propio padre. Para mí, el Instituto no existe sin el recuerdo de don Francisco, que siempre fue mi gran referente cuando pensaba desde la lejanía en aquel edificio, a cuyas espaldas se desparramaban humildes, pero muy blancas casitas obreras, campesinas y gitanas. Cada vez que me encuentro en el Instituto regreso a la adolescencia con sus sueños y temores.
 
Mi consejo a los jóvenes estudiantes de hoy en esa institución: Vivid intensamente el presente, el aquí y ahora, para que vuestro futuro se vea enriquecido por el recuerdo, por la memoria, para que deis nueva vida a vuestro pasado, que es el único don que nos deja cronos, el tiempo, que devora a sus hijos.
 
Albacete, mayo 2005

Manuel Moral (✝ 24.04.2017)
 
 
 
 

1 comentario:

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