lunes, 7 de marzo de 2016

Pincelada: "La casa china"


 



Buscando fotos antiguas de Barcelona, descubrí por casualidad un blog titulado “Orgullosa de mi ciudad” y subtitulado  “Barcelona, ahora y siempre – sus rincones, sus fotos su historia”. La autora (parece tratarse de una “ella”), que firma con el pseudónimo de DOVEL, se dedica en esa bellísima y cuidada publicación a rescatar del olvido rincones mágicos, edificios emblemáticos, acontecimientos culturales y muchísimas cosas más que tienen como protagonista a la Ciudad Condal. Las fotos y los carteles antiguos son memorables. No sé de dónde los sacará Dovel, pero desde aquí quiero agradecerle su encomiable labor de recopilación, un trabajo exhaustivo que requiere mucha paciencia y cariño.

El artículo que llamó mi atención y que nada más leerlo publiqué el pasado miércoles en Facebook, es el que trata de “La casa china” (21.04.2014), un edificio de estilo indefinido, que podría ser un art-decó exagerado con toques orientales. Construido en el año 1929 por tres hermanos de Sueca (Valencia): Fernando, Salvador y Joan Francesc Guardiola (este último, el arquitecto, al que algunos se empeñan en llamar “discípulo de Gaudí”, cuando es harto sabido que Gaudí, que nunca impartió clases de arquitectura, jamás tuvo discípulos, sino –como mucho–, ayudantes).
 
 “La casa china” fue un intento de los tres hermanos de incluir en la edificación (que ocupa todo el chaflán y tiene 2 portales distintos, el del número 236 de la calle Consell de Cent y el del número 54 de la calle Muntaner) elementos arquitectónicos dispares (columnas jónicas, detalles orientales) que habían visto en sus numerosos viajes por todo el mundo. Al parecer, la casa fue objeto de innumerables críticas y los periódicos de la época se ensañaron con ella calificándola de “aborto del arte de la construcción”, “ridícula” y modernismo absurdo”, entre otras lindezas.  Con el abigarrado edificio, el pobre Joan Francesc esperaba conseguir en Barcelona su consagración como arquitecto, pero en lugar de una lluvia de importantes proyectos, lo único que cosechó  fueron burlas y mofas de la prensa y críticas de la burguesía barcelonesa, de la que en los años siguientes sólo recibió encargos menores como la construcción de “torres”, que es el nombre bajo el cual se conoce en Barcelona a los chalets unifamiliares de varias plantas.

Y ahora se preguntarán el porqué de mi interés por “la casa china”. Tengo mis motivos: yo nací (bueno, en realidad, mi nacimiento fue en la Clínica La Alianza) y pasé mi adolescencia en el número 54 de la calle Muntaner, en pleno Eixample izquierdo barcelonés, por lo que mis primeros recuerdos están ligados a ese singular edificio.
Con 18 meses en el balcón

Vivíamos en el llamado piso "principal", que viene después del entresuelo y que es en realidad la primera planta. El principal y el primero se pueden apreciar muy bien en las fotos porque son los únicos que tienen las galerías con las persianas verdes que, si mal no recuerdo, por aquel entonces eran marrones. Por cierto, las verdes de ahora no me gustan nada, son demasiado chillonas.
 
Como ya escribí en Facebook, en los bajos del edificio se encontraba haciendo esquina con Consell de Cent el "Bar Gonzalvo" (ahora se llama de otra manera), perteneciente al jugador de fútbol Mariano Gonzalvo, más conocido como Gonzalvo III (uno de los hermanos de la saga de jugadores del Barça, Gonzalvo I, II y III). En el otro chaflán, el de Muntaner, había una fontanería-lampistería: El viejo Sr. Monsó (el senyor Vicent), que tenía su piso en la segunda planta del edificio, todavía iba por las casas a arreglar tuberías. Su hija Montserrat se casó con un joven muy emprendedor, el Sr. Benet, que convirtió el pequeño negocio en una floreciente tienda de lámparas y artículos relacionados con la iluminación: Iluminación Monsó y Benet. Aún hoy sigue siendo un negocio familiar, de los que casi no quedan, conocido en toda Barcelona y que, entretanto, además de la portería, ocupa también el local de la calle Muntaner que había sido años ha una papelería.
 
Nuestro portero, el Sr. Antonio, era un madrileño muy fanfarrón y dicharachero. El trabajo no era lo suyo; para eso tenía a  su mujer, la Sra. Isabel, que no paraba de trajinar. Mientras ella atendía a las tareas de la portería y fregaba las escaleras de mármol del edificio y, a diario, la entrada y el portal, él prefería acercarse a alguna de las bodegas cercanas para tomarse un "merecido" chato de vino.
 
En el entresuelo primera vivían por aquel entonces dos señoras vascas, tía y sobrina, que regentaban una casa de citas de alto nivel. De vez en cuando se veía entrar a algún señor distinguido y bien trajeado, generalmente de mediana edad. Todo ocurría de forma tan discreta que, por mucho empeño que le puse, jamás conseguí ponerle cara a alguna de esas amantes de alquiler. Entre los vecinos se comentaba mucho la cuidada decoración del mini burdel de lujo. Especialmente el cuarto de baño estaba en boca de todos. Así que yo, con apenas siete años, llamé un domingo a la puerta de las celestinas y, muy pizpireta, les pregunté si me podían enseñar esa maravilla de la que tanto se hablaba. Y debió de hacerles gracia mi atrevimiento porque me dejaron pasar y me enseñaron el tan cacareado aseo que, efectivamente, era algo fuera de serie (se parecía al de la foto, pero mucho más llamativo). Las paredes estaban alicatadas con azulejos de color verde,  algunos de ellos decorados con peces pintados a mano. La bañera era de mármol y el lavabo tenía forma de concha. La grifería me dejó boquiabierta: era dorada y representaba a un pez de cuya boca manaba el agua. De regreso a casa, cometí la imprudencia de contarle la visita a mi madre, que no se andaba con chiquitas. Su reacción no se hizo esperar: me bajó las braguitas y me acarició las nalgas con la suela de la zapatilla. Ahí comprendí el significado de la frase, “el silencio es oro” y me sirvió de aprendizaje para refrenar en el futuro mis ansias de comunicación con mis progenitores.
 
El entresuelo segunda lo habitaba Mariano Gonzalvo con su esposa y sus dos vástagos, un niño y una niña, a quienes llamábamos “los gonzalvitos”. Su esposa era muy trabajadora y en su cocina preparaba las tapas que luego se vendían en el bar.

En el principal primera vivía en Sr. Rey (no era familia nuestra, sólo una casualidad), chófer de un banquero, y su esposa Montse. Su hijo único, Carlos, un par de años mayor que yo, fue mi compañero de juegos. Casualidades de la vida, la Editorial Herder, para la que Carlos entró a trabajar meses después de aprobar el peritaje mercantil, le mandó al poco tiempo a Alemania, concretamente a Friburgo, capital de la Selva Negra, para que estudiase allí la carrera de librero. Una de las alumnas del internado se llamaba Elke Boskamp. La conocí años más tarde en Múnich, donde trabajaba de encargada de la Librería Herder. Era una de las mejores amigas de mi futuro marido. Poco después de conocernos se casó en Suiza con un economista portugués, ex sacerdote, reconvertido en diplomático.

A los vecinos que más recuerdo son a los Sres. Cabot del primero segunda. Su hija mayor, Teresa, era enfermera. Durante una larga temporada tuve que verla a diario debido a una grave forunculosis que contraje de forma extraña y que, debido al peligro de contagio, me obligó a recluirme en casa durante un par de meses. Teresa me ponía dos veces al día una inyección de penicilina, un tratamiento carísimo en aquellos días.

Rememoro también a Alfredo, que vivía en uno de los áticos. Su padre era peletero y tenía su taller en un apartamentito que daba al terrado (terraza común, donde estaban los lavaderos).  Me llevaba ocho o nueve años y el muy cabroncete disfrutaba volviendo locas a las criadas que, cuando iban a recoger la ropa tendida, se encontraban con una guirnalda de calcetines atados el uno al otro como una ristra de morcillas. Aparte de las pintadas obscenas en las paredes de las terrazas propias y ajenas, otro de los pasatiempos favoritos de Alfredito era hacernos perrerías a Carlos Rey y a mí. Tendría yo unos diez años cuando me retó a saltar al más puro estilo Superman desde el techo del sobreático que servía de atelier a su padre (donde ahora están instaladas las antenas de televisión),  al terrado. La distancia hasta el suelo sería de unos tres metros y medio. Mucho, si se tiene en cuenta mi estatura, que no debía superar el metro treinta. Como era muy lanzada y no quería quedar como una cobardica, con la inconsciencia propia de mi edad, no dudé en hacerlo. Afortunadamente, mi ángel de la guarda hizo horas extraordinarias ese día. Fue un auténtico milagro que todo saliese bien y no me rompiese la crisma en el intento. Esta vez me guardé muy mucho de referirle esa "proeza" a mi madre. Años más tarde, ya con 15 y 16 años, organicé dos verbenas de San Juan en ese mismo terrado a las que, además de mi pandilla, acudieron algunos mayores y los matrimonios más jóvenes de la casa. El Sr. Benet colaboró con la instalación eléctrica  y el padre del impresentable de Alfredo nos prestó para montar el buffet los caballetes y los tablones de madera que utilizaba para confeccionar los patrones de los abrigos de pieles. Servimos bocadillos, tortilla de patatas (aportada por la Sra. de Gonzalvo), pastas y refrescos de todo tipo, sangría incluida. La fiesta, al ritmo del pick up y los vinilos aportados por mi panda, duró hasta altas horas de la madrugada. Como era tan tarde, después de pedir permiso a sus padres, algunas amigas se quedaron a dormir en mi casa donde nos repartimos las camas como pudimos.

Estos fueron los recuerdos que se agolparon en mi mente cuando descubrí el artículo de Dovel sobre "la casa china". Recuerdos ya muy lejanos, de cuando el barrio del Eixample  no había sufrido todavía las nefastas consecuencias de la especulación del suelo y no estaba tan deshumanizado como ahora. En aquella época, Barcelona era todavía una ciudad con menos congestión urbana, prácticamente sin polución, algo que no tardaría en cambiar poco después con el gran desarrollo económico que se produjo a partir de la segunda mitad de los años 60.
 
¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? En el caso de mi antiguo barrio no me atrevería a aseverarlo. La mayor parte de edificios antiguos clasificados han sido restaurados, sus gentes han prosperado… Sin embargo, no puedo evitar que cada vez que voy a Barcelona y vuelvo a los escenarios de mi niñez, me invada una fuerte nostalgia, un sentimiento de añoranza por la alegría y despreocupación que tenía cuando aún vivía mi madre, cuyo temprano fallecimiento fue el principal motivo por el cual tuve que abandonar Barcelona.
Margarita Rey



 

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