domingo, 5 de abril de 2015

Atalaya: El crucifijo



La llamada Semana Santa trae consigo, no sólo en España, una gran profusión  de crucifijos, algunos, verdaderas obras de arte. La mayoría de los crucifijos exhiben a una criatura humana, atormentada o agonizante.

Los romanos se reían de los cristianos porque adoraban a un dios muerto. Pero por otra parte, cuánta sangre han hecho correr los cristianos en nombre del crucificado. Cuánta crueldad. Más que los protestantes (Lutero), los católicos de la Edad Media y parte del siglo pasado han quemado, ahorcado, dado garrote vil o fusilado (a través del poder civil) a quienes creían herejes, las brujas, los enemigos de la Iglesia y a los llamados rojos-ateos. Hoy, también la Iglesia quiere humanizarse. El Papa Francisco no permitiría tales desmanes mientras viva.

Para mí, el crucifijo es ante todo el símbolo de la lesa humanidad, de quienes sufren cárcel y tortura en los países dictatoriales por sus ideas y su ansia de libertad. Me molesta el mal uso que se hace del crucifijo de Jesucristo, que quizás, tal como se inculca a la gente, sólo fuera uno de los mitos del cristianismo. En las crónicas que enviaba a Roma el sangriento Poncio Pilatos, no consta, según historiadores ni el nombre de Jesús ni el de Jesucristo.

La cruz no es sólo el objeto obligado en las iglesias y en las escuelas, también puede formar parte de condecoraciones. Lo que más me indigna es que un símbolo tan importante sirva para adornar el pecho de cantantes de rock, de niños pijo o los escotes de las ninfas de hoy.

 
 

Cultura: El funeral de Ricardo III


Poco después de que España tuviese su momento de gloria cuando un equipo forense informó a bombo y platillo de que los fragmentos de huesos enterrados en una cripta debajo del Convento de los Trinitarios Descalzos pertenecían casi con seguridad al autor de El Quijote, Miguel de Cervantes, la prensa nacional e internacionales se hizo eco el 22 de marzo del cortejo fúnebre que recorrió las calles de Leicester (Reino Unido) con los restos mortales del legendario Rey Ricardo III, hallados hará cosa de tres años bajo un aparcamiento de esa ciudad.

Si bien todo parecía indicar que el esqueleto pertenecía al Rey Ricardo III, inmortalizado por el gran poeta y escritor británico William Shakespeare en el drama del mismo nombre, los científicos no  se atrevían todavía a lanzar las campanas al vuelo (según los registros de la época, el monarca fue enterrado por monjes franciscanos en la iglesia de Leicester, a 160 kilómetros al norte de Londres, pero nadie se había preocupado durante cinco siglos de comprobar sí esas crónicas se correspondían con la realidad, así que su cuerpo fue dado por desaparecido).
 
Cierto, había muchas coincidencias: una herida en el cráneo -que podría ser la que provocó su muerte en 1485, en la batalla de Bosworth Field- y una deformidad en la columna vertebral, debida a una escoliosis severa (que le valió hace más de 500 años el mote de “el rey jorobado”). Pero, antes de continuar con el real hallazgo, hagamos un poco de Historia:
 
Ricardo III era en realidad un usurpador y sus manos estaban manchadas de sangre. Poco después de la muerte de su hermano, Eduardo IV, no dudó en asesinar para hacerse con el trono al auténtico heredero, su sobrino Eduardo V,  a quien -tras declararle bastardo- había encerrado junto a su hermanito en la Torre de Londres. De esta cruenta manera consiguió su objetivo y fue coronado rey el 6 de julio de 1483 en la Abadía de Westminster. Ricardo no lo tuvo fácil en su controvertido y sangriento reinado de apenas dos años. Ni los familiares de los niños cruelmente asesinados ni los partidarios de los York le dieron tregua. Ricardo tuvo que hacer frente a la revuelta encabezada por su rival Enrique Tudor (más tarde, Enrique VII de Inglaterra), que había recibido el apoyo de Francia y quien, finalmente, acabó con su vida en plena contienda.
 
Por lo demás,  William Shakespeare tampoco fue demasiado clemente con ese monarca poco agraciado físicamente (aparte de la joroba, también sufría de cojera). En su obra homónima lo retrata como un monarca ambicioso, intrigante, cruel y sin escrúpulos. Atributos que, por todo lo que nos han contado los historiadores, parecen corresponderse con la realidad.
 
El trágico desenlace lo conocemos todos gracias también a Shakespeare, que puso en su boca la famosa frase, pronunciada -según él- cuando, rodeado por las tropas enemigas, habiendo perdido su montura y viendo cada vez más cercano el momento de su muerte, gritaba desesperadamente: "¡Un caballo, un caballo! Mi reino por un caballo!".
 
Pero volvamos al descubrimiento de los huesos. Después de que un análisis de ADN despejase todas las dudas sobre la autenticidad del esqueleto, se inició una batalla legal entre  los ayuntamientos de Leicester y de York, capital del antiguo reino de Ricardo III, para darle cristiana sepultura en su término municipal. Finalmente la ciudad de Leicester resultó ganadora de tan macabro conflicto por motivos obvios: no sólo porque allí se localizaron los restos de Ricardo III, sino porque en ese territorio se sitúa el lugar preciso donde fue abatido por el enemigo el último rey de Inglaterra perteneciente a la dinastía Plantagenet, en un episodio más de esa guerra civil conocida como la “Guerra de las Dos Rosas” que enfrentó durante veinte años a los partidarios de la Casa de Lancaster y los de la Casa de York.

Una vez dirimido el litigio entre las dos ciudades, el cortejo fúnebre llegó el domingo 22 de marzo a la Catedral de  Leicester. Después de la misa celebrada por el cardenal Vincent Nichols, arzobispo de Westminster, el féretro permaneció varios días en el templo para que el gran público pudiese rendirle un último homenaje.  El pasado jueves, 26 de marzo, el ataúd con los restos del monarca fue enterrado en una cripta de la catedral. En estos tiempos de crisis, quizás les interese saber que también en el Reino Unido el derroche está a la orden del día. Los costes de todo el espectáculo, entierro incluido, ascendieron a 2,5 millones de libras (tres millones de euros), de los que la diócesis aportó medio millón. El resto fue sufragado mediante donaciones y, ¡cómo no!, a costa del erario público inglés, es decir, cargado al sufrido contribuyente quien, al final, aquí o en la Cochimbamba, siempre acaba pagando el pato.

La reina de Inglaterra no estuvo presente en la ceremonia, pero envió como representante a su nuera, la duquesa de Wessex, esposa del príncipe Eduardo, portadora de un mensaje especial de S.M. Isabel II que concluía con la frase: "Ricardo III, que murió a los 32 años de edad en 1485 en la batalla de Bosworth, ahora descansará en paz en la ciudad de Leicester, en el corazón de Inglaterra".

Unas palabras piadosas para un sátrapa rencoroso y criminal quien, en su breve pero despótico reinado, sembró el terror a su alrededor.

Margarita Rey

Fuentes: National Geographic y CNN

 
 

Pensamiento



 

“No hay que fiarse cuando alguien promete algo bajo su palabra de honor.
Las palabras se las lleva el viento y el honor es un concepto muy relativo”.
 
M.M.
 
 

 

FELIZ PASCUA



 
 

....Y MUCHOS HUEVOS DE CHOCOLATE,

PERO SIN PASARSE!!!



 

jueves, 2 de abril de 2015

Leído en la Prensa


Seguro que en una de sus visitas, más obligadas que por gusto, al médico o al odontólogo habrán pensado más de una vez lo viejunas que son las publicaciones que éstos ponen a la disposición de los sufridos pacientes. A mí me sucedió el otro día lo mismo en la consulta del dentista. Las manoseadas revistas eran todas más viejas que un palmar. Sin embargo, todo tiene su lado positivo y, en mi caso, fue el poder acceder a un artículo de Juan Manuel Prada publicado a finales de noviembre de 2014 en el magazine XL Semanal.

Vaya por delante que con Juan Manuel Prada tengo los sentimientos encontrados. Por una parte reconozco que es un escritor y articulista brillante, pero por otra me repatea su fundamentalismo católico y su conservadurismo –que él en entrevistas suele calificar de “tradicionalismo” – y que algunos consideran como pensamiento reaccionario y ultramontano.

Para mí, Juan Manuel de Prada es un ave exótica, una mezcla de Dr. Jekyll y Mr. Hyde en el panorama literario. No siempre estoy de acuerdo con sus columnas pero, desde luego, coincido con él en su despiadada crítica al Nuevo Orden Mundial, tan defendido por los gobiernos conservadores.
 
Por eso mismo, me gustaría que degustasen “El muro y el anillo”, unas acertadas reflexiones de Juan Manuel Prada para  XL Semanal que, aunque algo antiguas, no por ello dejan de ser menos vigentes y que dicen así:
 
“El muro y el anillo
Los sucesivos aniversarios de la caída del muro de Berlín sirven al Nuevo Orden Mundial para organizar tediosos saraos que conmemoran el ocaso del comunismo, aquella ideología que quiso ejercer un control omnímodo sobre las conciencias aplicando a rajatabla una estremecedora consigna atribuida a Lenin: «Contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira». El Nuevo Orden Mundial ha hallado en la caída del muro de Berlín un fetiche muy apropiado para su mitología, que a la vez que infunde entre las masas cretinizadas horror a aquella tiranía siniestra les hace olvidar que están siendo aplastadas por una forma de tiranía mucho más sibilina que ya no se acompaña de violencia sobre los cuerpos; pero cuyo control sobre las almas sigue siendo implacable, y acaso mucho más eficaz.

En efecto, donde el comunismo se servía de métodos coercitivos y represores que arrasaban las conciencias, el Nuevo Orden Mundial, mucho más sofisticado, moldea las conciencias a su gusto, exaltando los deseos de sus sometidos. Tocqueville avizoró esta nueva forma de tiranía en La democracia en América; y sus palabras proféticas poseen hoy una vigencia escalofriante: «Después de haber tomado entre sus poderosas manos a cada individuo y de haberlo formado a su antojo, el soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera y cubre su superficie con un enjambre de leyes complicadas, minuciosas y uniformes, a través de las cuales los espíritus más preciosos y las almas más vigorosas no pueden abrirse paso: no destruye las voluntades, pero las ablanda, las somete y dirige; obliga raras veces a obrar, pero se opone incesantemente a que se obre; no destruye, pero impide crear; no tiraniza, pero oprime; mortifica, embrutece, extingue, debilita y reduce, en fin, a cada nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el Estado». A esta forma de tiranía que ablanda voluntades y convierte a los pueblos en rebaños se refería también el siniestro Gran Inquisidor en Los hermanos Karamazov: «Nosotros les enseñaremos que la felicidad infantil es la más deliciosa. (...) Desde luego, los haremos trabajar, pero organizaremos su vida de modo que en las horas de recreo jueguen como niños entre cantos y danzas inocentes. Incluso les permitiremos pecar, ya que son débiles, y por esta concesión nos profesarán un amor infantil. Les diremos que todos los pecados se redimen si se cometen con nuestro permiso, que les permitimos pecar porque los queremos y que cargaremos nosotros con el castigo. Y ellos nos mirarán como bienhechores al ver que nos hacemos responsables de sus pecados. Y ya nunca tendrán secretos para nosotros».
 
Quizá el gran hallazgo de esta nueva (¡y benevolente!) forma de tiranía, frente a formas obsoletas que se imponían a través de instrumentos sombríos, es que ha logrado el sometimiento de las almas a través de la exaltación de la libertad. Ha sido, en efecto, tal exaltación la que ha logrado aislar a los individuos, rompiendo los vínculos comunitarios que los hacían fuertes, para convertirlos en átomos aislados dentro de una masa gregaria, engolosinados en el disfrute de placeres que los tornan cada vez más egoístas e incapaces de sacrificarse en defensa del bien común. Por supuesto, el Nuevo Orden Mundial se ha asegurado de que los placeres que sus sometidos consumen los obliguen a trabajar más por menos dinero y, por lo tanto, a entramparse de por vida, convertidos en esclavos de un poder financiero que, a cambio de su sometimiento, corrompe sus almas, suministrándoles entretenimientos envilecedores que estragan su espíritu, avillanan sus sentimientos y debilitan sus escasas defensas contra el abismo de la decadencia humana. Y lo más trágico (y a la vez cómico) es que, a la vez que el Nuevo Orden Mundial nos convierte en piltrafas infrahumanas que desde la escuela comulgan sus paradigmas culturales (de tal manera que ni siquiera sea necesaria la censura), a la vez que nos impone las interpretaciones del mundo que le convienen, a la vez que nos dejan sin religión ni vínculos duraderos, a la vez que nos despoja materialmente y nos convierte en hienas que claman por la satisfacción de sus apetitos más egoístas, ha logrado que nos creamos absurdamente diosecillos omnímodos que ejercitan su libertad sin cortapisas.

Se cayó el muro de Berlín. Pero el Nuevo Orden Mundial no requiere muros para oprimirnos. Le basta poseer aquel «Anillo Único» al que se refería Tolkien: «Un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas». Y ¡ay del que no pase por el aro de ese anillo! "

Muy a mi pesar,  sólo puedo coincidir con las consideraciones un tanto catastrofistas de Prada que, desgraciadamente, se ajustan a la realidad pura y dura de este mundo globalizado.
M.R

Fuente XL Semanal
Autor: Juan Manuel Prada
 
 
 
 


Cultura: Platón




Muchos de nosotros  recordarán del bachillerato que el filósofo y escritor Platón (Atenas, 427 - 347 a. C.) era un gran admirador de su maestro, Sócrates, a quien integró como principal interlocutor en su obra, los Diálogos. Estos Diálogos se dividen cronológicamente en varios periodos: los “Diálogos de juventud” (de los 28 a los 38 años); los “Diálogos de transición” (de los 38 a los 41 años); los “Diálogos de madurez” (de los 41 a los 56 años) y, finalmente, los “Diálogos críticos y de vejez” (de los 56 a los 80 años).
 
Al periodo de madurez pertenece el “Diálogo” titulado “La República”, del cual les ofrecemos a continuación un fragmento que podría ser extrapolado a la actualidad política de nuestro país. Según la opinión de Platón:
 
“Serán ellos, los políticos, a quienes no esté permitido tocar el oro ni la plata (…). Si así proceden, se salvarán ellos y salvarán a la ciudad. Pero si adquieren tierras, casas, dinero, se convertirán de guardianes en administradores trapisondistas y de amigos de sus ciudadanos en odiosos déspotas. Pasarán su vida entera aborreciendo y siendo aborrecidos, conspirando y siendo objeto de conspiraciones, temiendo, en fin, mucho más a los enemigos de dentro que a los de fuera y así correrán en derechura al abismo, tanto ellos como la ciudad.”
 
Sin ánimo de establecer parangones, como diría la Reina de Inglaterra, “honi soit qui mal y pense”.
 
Margarita Rey
 
 
 

Neologismo de la semana





“Israelitas” = Sondeos realizados a pie de urna. Se llaman así porque este tipo de encuestas se realizó por primera vez en Israel.



Pensamiento






“Recordar es querer oponerse al paso inexorable del tiempo”
 
M.M.